Hasta hace solo algunos años, la filosofía se había visto relegada a una posición de marginalidad en el debate público y científico. Su lugar, siempre en tensión entre el hombre y la técnica, la llevó a quedar apartada en rincones donde solo importaba a los extremos: quienes no la entienden, por una parte, y quienes sí la entienden, pero ya no saben hablar en el lenguaje de lo común.
Ahora la inteligencia artificial amenaza con desarticular cadenas productivas enteras, aquellas donde las personas eran necesarias para ejercer el ominoso arte de la repetición. Estas primeras inteligencias básicas, poco más potentes que un script, han sido capaces de reemplazar tareas que no requieren del ejercicio crítico, superando sin sorpresa a sus competidores humanos.
Pero estas herramientas ciegas han alcanzado una sofisticación suficiente para empezar a resolver problemas complejos de toda índole. Han abandonado el reino de lo tedioso e incursionado en el orden de lo que consideramos tareas racionales. Es allí cuando sentimos la amenaza a nuestros empleos, a nuestra forma de vida. Y no solo no estamos listos, sino que, sabiéndolo, no hacemos nada al respecto.
Panamá necesita regular la IA; no para decidir cómo debe funcionar —aspecto harto cambiante y técnico—, sino para poner límites éticos a lo que puede o no hacerse con las máquinas, dónde y cuándo. No acojamos esto como un ejercicio más de regulitis aguda: no hablo de un decreto más, sino de ética. Sí, hay aspectos de la ética y de la política que los licenciados en derecho no conocen. Espacios donde los filósofos, politólogos, sociólogos, antropólogos y, en general, las carreras de humanidades y ciencias sociales encuentran un nuevo valor añadido.
¿Cómo debe implementarse la IA en el trabajo, en las escuelas, en el sector público o en el privado? ¿Vamos a fiarnos únicamente de los controles impuestos por los proveedores? Últimamente es común leer noticias sobre empresas de IA que contratan filósofos, y no es de extrañar: todos los casos de uso de máquinas inteligentes requieren que ellas se autoimpongan máximas éticas que respetar, y dichas máximas no vienen empaquetadas ni programadas. Deben ser enseñadas, o incluso controladas por otra IA especializada que actúe como censor de lo que una IA puede o no hacer. Estos límites, a primera vista inocuos, marcan la diferencia entre el bien y el mal.
No hablo de esos chatbots que usamos en las apps, sino de los agentes que pueden ejecutar acciones y utilizar los componentes de las máquinas. Yo mismo, que he entrenado IA en local, me encuentro con que puedo usar agentes sin restricciones éticas; lo cual no es ni malo ni bueno: como un arma, su potencial depende de en qué manos esté. Una herramienta capaz de potenciar la búsqueda de medicamentos eficaces también puede sintetizar drogas más potentes, mejorar la organización y operación de los carteles, dar instrucciones para fabricar armamento casero e incluso proporcionar fórmulas para armas químicas. Todos esos escenarios, en apariencia traídos de los cabellos, parecen lejanos porque olvidamos que, al otro lado del Atlántico, estas tecnologías ya dirigen armas.
La ética, vista desde la burocracia, es una carga: un adorno que puede o no consultarse, algo completamente opcional. Pero desde la IA es otra cosa, una herramienta persistente en lo más profundo del sistema, capaz de definir el alcance de ciertos comportamientos. Allí donde muchos ven solo reglas básicas de buena conducta, los filósofos observan cuestiones profundamente complejas. Planteamientos como ¿cuándo negarse a dar una información?, ¿cuándo es mejor que decida un humano?, ¿qué recursos se asignan, a quién, cuándo y cómo?, ¿quién vive?, ¿quién muere?, son preguntas que iremos enfrentando poco a poco.
Nos surge la idea de por qué no puede un hombre cualquiera dictar los límites de lo que es ético. Y ciertamente puede, y lo hace para sí. Pero cuando se trata de regular máximas generales, conviene más un abordaje kantiano del asunto: determinar a la IA hacia un comportamiento ético universalmente deseable, atarla más allá de la flexibilidad moral de los hombres, de sus miserias personales y de sus intereses egoístas. Y esto es un gran problema, y a la vez uno muy viejo: consiste en aplicar lo que la ética viene buscando desde hace siglos, la imposición del mejor sistema de valoración de los actos. Y la cuestión, finalmente, es que no se trata de adoptarla para la humanidad en su conjunto, sino para unas máquinas. Una verdadera ironía, ¿no? Un conjunto de circuitos y placas microscópicas, atado a la relatividad humana de los hechos por nuestro temor.
Es curioso, si lo pensamos bien: es como exigirle a un arma que se niegue a disparar contra un inocente. El arma no necesita una moral, y la IA tampoco. De alguna forma es una ética proyectada, tercerizada, no hacia la máquina, sino hacia su operario. Una suerte de demiurgo tecnológico, hueco y frío, que impone, sin embargo, los límites que le imponen sus creadores.
¿Pero tienen esos creadores una calidad ética tan alta como para que esta se imponga a los demás? ¿Tienen sus filósofos contratados una rectitud moral intachable e incuestionable como para atar, cual marionetas, a estas cosas? Es difícil saberlo, pues no están expuestos al escrutinio público. Y trabajan en secreto, pese a que sus herramientas transforman el mundo de las ideas de los hombres.
¿Quiénes son estos que irrumpen en nuestros pensamientos y nos susurran ideas? Máquinas aduladoras, amigables, correctoras y condescendientes, cuya vocación de servicio y cuya incapacidad para criticar abiertamente los fines de sus operadores llevan a estos últimos a la más somnífera complacencia.
